Ayer fue el día de la constitución aquí en Noruega. Es el día en el que tu novia noruega se viste "de rociera" versión nórdica, donde el desfile oficial pasa literalmente por la ventana de tu casa y donde todo cristo sale a la calle a lucir su traje. Ni en San Isidrio, oiga.
Así es. Nunca en mis años de vida en este país (uno y medio) había visto tal conglomeración de noruegos como la que vi ayer. Y la gran mayoría, con sus trajes nacionales, desde los más pequeños hasta los más abuelos. Orgullosos de ser noruegos. Bebiendo desde bien entrada la mañana. Comiendo perritos calientes y pasteles como si no hubiera un mañana. ¿Nacionalismo? No, ellos lo denominan patriotismo.

Y formando parte de tamaña multitud estaban Siren y Chinchaki, la primera vestida con su bunad, el traje nacional, y el segundo, pues flipando en colores de cómo se puede transformar la peña en un sólo día. Sí, algo así pasa en San Isidro, o en las Fallas, pero vamos, imaginaos la que se montaría si se organizase algo de este calibre el 12 de octubre en todo el país...

Lo bueno es que no tuvimos que salir para ver el desfile, porque pasó literalmente por enfrente de nuestra casa. La verdad es que de pequeño, al ver las cabalgatas de reyes, siempre envidiaba a quienes las veían tranquilamente desde el salón de su casa. Esta vez me ocurrió a mi, aunque para ser sinceros, no fue nada del otro mundo. Eso sí, el número de banderas noruegas por metro cuadrado fue totalmente exótico.

Lo tradicional es que desfilen sobre todo los colegios y los bluekorps, que son los tamborileros que ensayan sin compasión donde les viene en gana porque por ley lo pueden hacer hasta las 10 de la noche. Y sí, a veces nos ha tocado soportarlos en frente de casa. Todo el mundo dice que este es un día principalmente para los más pequeños, pero en realidad es una excusa para que todos se pillen el ciego del siglo. Los que más lo disfrutan, por lo visto, son los que terminan el instituto ese año, ya que celebran la fiesta de fin de curso ese día con desfiles alternativos donde "critican" el desfile oficial. Bueno, pues me parece muy buena idea, pero aquí en Bergen iban tan borrachos que lo único que llevaban era un autobús y música superalta. La crítica se la dejaron por el camino.

Tras el desfile nos dimos un paseo por Bryggen, el puerto de Bergen, el de las casitas de madera protegidas por la UNESCO. Es obligación comerse un perrito caliente en este día, así que elegimos el puestecito de una tailandesa que no tenía cambio y nos los fió. Porque sí, amigos, en Noruega, todavía se fía. Nunca dejarán de sorprenderme estos vikingos.

Después, fiesta en casa, donde comimos Rømmegrøt (intraducible e intragable al castellano, para los que sabéis inglés sería Sour Cream Porridge) con todo un surtido de embutidos ahumados, dulces y mucho vino y cava. Lo peor de todo es el retrete se nos atascó, y para mear había que irse al bar del enfrente. Eso hasta que la peña se puso tan borracha que le dio igual y usó nuestro baño sin pudor. El resto, es historia. Menos mal que el fontanero nos lo ha arreglado esta mañana.